lunes, 14 de marzo de 2011

Tineblas cotidianas (cuento)


Despertó de la siesta mucho después de lo esperado, la vieja casilla despedía las últimas gotas de un tímido sol de agosto. No había tiempo para sentarse; mordió algo, calzó gorro y guantes y partió hacia la rutina. Detestaba su trabajo, se pasaba las noches soñando con mañanas vestidas de oficio y vocaciones que lo habían abandonado desde hacía tiempo. Solo el amor por sus hijas lo ayudaba a continuar hora tras hora.
La tarde gris oscurecía poco a poco para conseguir la noche. Las casas se alzaban como olas de adoquines; se encerraban en sí mismas, como ofendidas ante una ciudad desobediente. Los arboles lloraban reclamando el abrazo primaveral, la luna era devorada por insistentes nubes. El paisaje no ofrecía garantías, solo algunos pocos enfrentaban (aunque con profunda cautela) la peligrosa mirada nocturna. Él era uno de ellos, de los más valientes (de los que son valientes por distraídos), caminaba sin pensar en algo fijo, sin buscarle un sentido a nada. Una molestísima llovizna golpeaba su rostro, arrojada por quien sabe quien, tal vez el mismo que soplaba aquella ventisca y hacia callar al silencio.

Al cruzar la calle y doblar en la esquina advirtió un largo tramo en sombras, esa tan conocida tiniebla suburbana, esa que tantos esquivamos. Siguió como era de esperar su camino hasta percibir una terrorífica señal, un llamado del peligro; entre aquellas dos veredas iluminadas solamente por la luna, una figura cambió de lugar y se dejó ver una silueta agazapada. Acababa de notar una sombra entre las sombras.
Lentificó su paso, respiró hondo; diagramó un escape, respiró más hondo aún; la sombra seguía inmóvil. Calmaba su mente con pensamientos serenos, pero temblaban sus huesos y transpiraba ansiedad; ya no podía dar marcha atrás, esta sombra había de notar su presencia. Un solo pensamiento alentó su alarmado ser: ahora él era otra sombra, estaban de igual a igual; dos figuras desconocidas enfrentadas en el más asqueroso escenario que nos presentan estos tiempos: la ciudad.

Continuó lo más lenta y rápidamente posible, podía esperar cualquier reacción de aquella silueta. De nada le servía titubear, la cercanía aumentaba y el miedo observaba tranquilo la situación. El viento se detuvo y el cruce se dio; las miradas, la resignación, la pausa, la necesidad, el destino, el temor y el frio metal susurrando al oído una orden conocida. Otra vez la impotencia del indefenso, ese que gasta su cuerpo por solo seguir subsistiendo. Allí ha quedado varado, en medio de la funesta calle, resignado de cualquier consuelo justiciero.

Aquella noche luego del trabajo, volvió a casa imitando una especie de sonrisa al cruzar la puerta. Ella lo esperaba con el agua justa y el mate listo, él dejó su abrigo sobre la silla, ella tomó el mantel para cubrir la mesa, él recordó cuanto extrañaba verla, ella beso sus labios como de costumbre, él soltó sobre el antiguo mueble esos cuantos pesos de aquella temible sombra.


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