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marzo
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Detalle de noche (cuento)

Sus dedos trepan por las tibias piernas, rozan las dunas de la pollera conectándose con la seda violácea casi tan suave como era su piel. El dedo índice se detiene en la cintura desnuda, separando la blusa rojiza apenas perceptible en la penumbra del pequeño cuarto, carente de muebles ajenos al universo del deseo. La mano se funde en su cuerpo, ahí va la otra; sostiene su cintura como se sostiene a un dios, rasga su ropa interior asomada tímidamente bajo la pollera, cada vez más pequeña e impaciente por conocer el cómodo suelo de parqués. Recorre el borde en la cintura, degusta la ansiedad, convierte la sensibilidad en placer, la impaciencia en goce, acariciando el dolor. Las manos toman la prenda, amenaza con quitarla del camino, se detiene; toma sus pies desde la punta, sube lentamente ambas manos, recorre los tobillos sin dejar espacio libre de tacto; llegando a sus rodillas separa de a poco sus piernas, disminuyendo aun más la figura irreconocible de la pollera. Las manos caminan el interior de sus piernas, avanzan desapareciendo bajo la seda, los dedos chocan entre sí; no tocan, rozan, se pierden, juegan.
Volvió a tener amor como en aquellas épocas.
Ahora ella exhausta en la cama, entre dormida; él camina hacia el mueble. El primer no, el segundo tampoco, el tercer cajón; busca con toda la mano, corre cartas y frascos hasta sentir el frio característico. La quita del cajón, es pequeña pero muy potente también; la saborea con sus dedos, le fascina su frialdad y su dulce objetivo, su cuerpo se une perfectamente a su mano en un abrazo fatal, no está vacía (nunca lo estuvo) y lleno está de vigor para utilizarla (siempre lo estuvo). La levanta a media altura y desnuda su silueta ante ambas miradas; brilla audazmente vistiéndose de luz de luna, enamora desafiando los ojos de cualquier ser que la viera, todos hubieran querido tomarla. Está decidido; alza el brazo, la sostiene firmemente… y Zas!!! Le da un gran y profundo trago a la dulce petaca de licor.
Tira la petaca a un lado, toma la pistola de su cintura y la descarga cinco veces sobre su amada.
Se mantiene tranquilo, ahora la ventana se agranda, se apoya sobre ella. La brisa se pierde en su cabello, lo hace bailar entre las cortinas. La calle está desierta allí abajo, allí tan lejos; pareciera la luna estar más cerca, pareciera testigo de su acto. La mira detenidamente y la piensa cómplice y culpable a la vez, la detesta por insistente, por orgullosa, por egocéntrica; pase lo que pase él no podrá quitarla de allí. Se le ocurre que él es el culpable de que la luna permanezca inmóvil, el le da la importancia que ella no merece; un amor transformado en odio de una mirada hacia otra. Decide alejarla tanto hasta desaparecerla. Luego de no pensarlo mucho entiende que existe un solo camino, un paso hacia adelante.
La brisa es ahora viento.
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