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viernes, 11 de marzo de 2011
Oportunidad (cuento)

Caminábamos muy lentamente. Hacia varios minutos que nos habíamos sumergido en un acuerdo silencioso, el ambiente no era propicio para ningún tipo de desorden sensorial. Con el correr de los pasos mi mente se iba turbando más y más, un ligero sentimiento terrorífico deambulaba en mi conciencia, nunca hubiera creído (nunca hubiera imaginado) un panorama tal.
Una hermosa pero tenebrosa alfombra envolvía nuestros pasos; era como caminar sobre una playa de arena perfecta, sentía un gran deseo por probar en ella mis pies desnudos, algo completamente imposible, ya que la seriedad del asunto me obligaba a permanecer bajo una conducta pasiva y atenta.
Las imágenes relucían a ambos lados, imágenes incomprensibles al ojo vulgar, cada una de ellas ameritaba una reflexión minuciosa, pero no nos detuvimos bajo ninguna circunstancia. Un Cristo con arco y flecha apuntando hacia abajo, una especie rara de ave con una absurda máscara, un niño con una lanza y un libro, eran algunas de las representaciones que llamaban mi atención. Aquello era una especie de iglesia antigua, pero nada comparado a algo conocido; los asientos estaban formados en círculos de madera oscura y pretendían una suerte de ronda, las paredes rebosaban de escritos y signos, no había ventana alguna, y algo más llamativo aún, no había una sola cruz.
Proseguíamos a lento paso, cuando mi acompañante se dirigió hacia mí en voz baja, “¿todavía estás de acuerdo con tu pedido?, si deseas retractarte solo debes mencionarlo”, lo miré fijamente y no emití palabra alguna; estaba sorprendido, todavía incrédulo; imaginaba que ellos guardaban varios secretos, pero nada comparado con lo que mis ojos relataban.
Una vez dentro, inspeccioné con gran estupor el pequeño y oscuro cuarto. Las paredes maltratadas, imágenes terroríficas, dos grandes baúles, un anciano de túnica negra (o azul oscuro), una atípica alfombra circular con un escrito y un ovalo en la pared frontal a la puerta, una especie de espejo vacio, rodeado de extrañas formas. No podía calcular la antigüedad de la sala, no lograba calcular mi asombro, aquella promesa era real.
Llegamos así a una abertura de forma triangular en un costado, entre dos nuevas imágenes; un viejo anciano suplicando a la izquierda y una mujer encinta y sonriente a la derecha. Mi compañero se detuvo frente a la entrada, levantó su brazo derecho como espada y tomó su antebrazo con la mano izquierda, formando una extraña señal y murmurando en una lengua inentendible. Nos adentramos en la nueva galería, esta era más tenebrosa todavía, sus muros eran bajos por demás, y las imágenes más pequeñas y a la vez más singulares.
Mis pensamientos volaban a millas por segundo; por un lado me sentía un privilegiado al conocer aquello que tantos piensan inexistente, por otro lado mi ansiedad aumentaba desproporcionadamente, tanto que a momentos me hacia tambalear. Después de algunos minutos enfrentamos una nueva puerta, esta vez circular; dos extravagantes demonios a sus costados, señalaban a todo aquel que ante ella se presentase.
Mis pensamientos volaban a millas por segundo; por un lado me sentía un privilegiado al conocer aquello que tantos piensan inexistente, por otro lado mi ansiedad aumentaba desproporcionadamente, tanto que a momentos me hacia tambalear. Después de algunos minutos enfrentamos una nueva puerta, esta vez circular; dos extravagantes demonios a sus costados, señalaban a todo aquel que ante ella se presentase.
Una vez dentro, inspeccioné con gran estupor el pequeño y oscuro cuarto. Las paredes maltratadas, imágenes terroríficas, dos grandes baúles, un anciano de túnica negra (o azul oscuro), una atípica alfombra circular con un escrito y un ovalo en la pared frontal a la puerta, una especie de espejo vacio, rodeado de extrañas formas. No podía calcular la antigüedad de la sala, no lograba calcular mi asombro, aquella promesa era real.
El anciano me clavó la mirada seriamente, como desafiándome; luego comenzó a orar en voz alta y finalmente se dirigió hacia a mí como preguntándome algo. Cuando acabó de hablar mi acompañante tradujo su dicho, “Las almas cansadas imploran sumergirse en nuevos mares, buscan la novena gloria en la antigua legión. Oh Serafiel, ser ardiente, humildemente rogamos por tu amor y tú piedad”. En ese instante un haz de luz cruzó la sala desde el ovalo en la pared y se detuvo tras mis hombros, sentí una increíble fuerza enérgica, una presencia divina.
No quería deshacerme del sufrimiento, de él estoy hecho; no quería olvidar mis caídas, ellas me enseñaron a caminar; no necesitaba borrar el dolor, solo él me acompañó cuando nadie hubo; no quería secar mis lagrimas sin motivo alguno, no deseaba olvidar. Si mi vida era un recuerdo, olvidar era morir.
No podía voltear, apenas lograba respirar, pero anhelaba contemplar aquel milagro. Solo gire un instante; logre notar una altísima figura iluminada, varias alas, dos de ella cubrían su rostro. ¿Acaso esto era real, o tal vez un extensísimo sueño?, lo increíble se presentaba ante mis ojos y mi pensamiento se tornaba historia.
Miré a mi acompañante, fijó sus ojos en los míos y prudentemente alegó: “Si piensas que tu decisión no es acertada, este es el momento para retirarse. Luego ya nunca podrás volver atrás, ¿deseas realmente comenzar todo de nuevo?, ¿Deseas cambiar tu lastimoso tiempo por una vida virgen y libre de penas?, ¿Tendrás valor para enfrentar el deseo de miles?, ¿borraras acaso tus enfermizos recuerdos para dibujar en tu ser un nuevo camino?; entonces no lo dudes, y cruza el portal de los antiguos serafines.
Allí estaba frente a mí, una nueva oportunidad, esa que tanto pedí, por esa que tanto lloré. Ahora era solo cuestión de cruzar un ovalo. Tantos sufrimientos, tantas caídas, tanto dolor, todo se borraría. Una lágrima cruzó mi rostro, en ese momento comprendí.
No quería deshacerme del sufrimiento, de él estoy hecho; no quería olvidar mis caídas, ellas me enseñaron a caminar; no necesitaba borrar el dolor, solo él me acompañó cuando nadie hubo; no quería secar mis lagrimas sin motivo alguno, no deseaba olvidar. Si mi vida era un recuerdo, olvidar era morir.
Miré a mi acompañante, le hice una seña y el sonrió, luego sentí que algo me alzaba por la espalda. Desperté en un camino cercano a mi pueblo. Me invadía una extraña y placentera sensación, supuse que se trataba del feliz sabor, del aroma primaveral, de esta nueva oportunidad.
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